jueves

GLIESE581g ....... por Giovanna Tornabuoni

Y yo, entretanto, leyendo noticias históricas sobre universos antiguos, sacándome restos de pescado maloliente alojados entre las muelas traseras o preocupándome de  si se me han secado los calzoncillos rojos tendidos sobre el cordel del patio.
Mientras, al otro lado, tan lejos que mi cabeza no da para comprenderlo, un planeta bautizado como Gliese 581g se posa frente a un sol incombustible situado a unos veinte “años luces” de La Tierra, una distancia que, si me pongo a pensar en serie, me produce sarpullidos en el cerebro y hace que se me acartonen todos los sistemas de defensa.
Pero es que la noticia merece crédito. Lo dice un periódico nacional y lo he visto  de refilón en el telediario.
Echado ahora, como estoy, sobre los cojines del sofá de floreada tapicería que perteneció a mi abuela, me encaramo de nuevo el artículo del diario a la altura de las gafas y releo con franca credulidad: “Ésta es una de las 100 estrellas más cercanas al Sol y ya se ha hallado un planeta que es probable que tenga una corteza sólida y agua líquida; incluso en el mismo sistema planetario hay varias supertierras, así que lo lógico es pensar que son muy frecuentes, al menos en las estrellas más pequeñas que el Sol”.
“Hay varias supertierras”, me repito despacio, tratando de comprender el concepto, recapacitando, como si fuera un triste bobalicón indocumentado. Pero es que yo, de verdad lo digo, no he sabido de esto hasta hoy mismo, jueves 30 de septiembre de 2010. Ha sido la periodista quien me ha alumbrado con su artículo al explicar para el lector rezagado que una supertierra es un planeta con una masa similar a la del nuestro. Pero, caray, Gliese 581g tiene unas tres veces la masa de La Tierra, además de ser un astro que no gira alrededor de sí mismo y que, por esta simple razón, posee una noche perpetua, constante e interminable en su cara oculta, y una luz dorada y matinal en la otra, es decir, una luz caliente que nunca empieza y que nunca termina. ¿Será entonces creíble, como reza el titular del periódico, la afirmación de que es “El primer planeta potencialmente habitable fuera del Sistema Solar?”
¿Y si lo fuera?
Vértigo me da pensarlo mientras meneo el cuello aquí y allá para acomodarme la cabeza en la plácida concavidad del cojín. Entonces, repitiéndoseme cual si fuera ajo o bendita fabada, se me viene otra vez encima la imagen del cordel en el que, como una bandera o enseña, ondea el rojo calzoncillo –slip lo llama ella con deje acuático- de mis pesares y desgracias, símbolo también de mi pésimo gusto y vulgar sensualidad. Eso lo dice Gladys, claro. Que no lo digo yo.
Así que, imaginándome otros mundos apartados y unos seres como garrapatas ciegas o cíclopes instalados sobre la reseca corteza de Gliese 581g, se me vienen de pronto unas ganas extrañas e insípidas de llorar, de arrancarme pelos a destajo, de meterme bajo una oscura alfombra para que me orinen encima hasta que me nazcan costras y negros escarabajos.
Y es que Gladys, hace dos horas, ha cerrado la puerta con un portazo infame y se ha ido escaleras abajo, dejándome con el periódico desparramado en el suelo y con la bandera roja y húmeda ondeando en el tendedero del patio. Y es que Gladys tiene piernas largas y labios adelgazados, un óvalo de piel ligera a la altura del mundo y párpados que abren y cierran unas pupilas de inquisición y desvergüenza.
Gladys se ha subido definitivamente en una nave terrícola para surcar espacios infinitos e inasibles y atravesar voces ciegas de ópalos oscuros que conducen a estrellas inmensas en donde el paladar se quema y los ojos orbitan desquiciados. Tal vez, se me viene ahora a la cabeza, alcance la cara oculta de Gliese 581g si consigue viajar a una velocidad traicionera.
Huele a pescado ahí dentro. La boca me humea a pescado recién salido del agua y me hurgo con el palillo torneado para extraer otra hebra díscola atravesada entre los esmaltes. Me molesta esta sensación de angustia en la boca, con los platos tintados de grasa y las sobras de crustáceos diseminadas aún sobre la mesa. La copa humedecida de albariño  derramada sobre el mantel, servilletas manchadas de carmín o aceite y un impertinente esqueleto de salmón abandonado en una esquina por los caníbales.
 Me molesta el olor de ahí dentro, un olor que se me sube a la cabeza y que me desgobierna las sensaciones, las palabras dichas a destiempo, los recuerdos soterrados, la boca y los finos labios de Gladys pidiéndome más besos y más besos sobre las sábanas de antaño. Me molesta Gladys misma con su sinsabor y su penuria opresiva. Me molestan sus piernas huidizas y sus pies ligeros, sus ávidos reproches, la larga escalera descendida que la conduce rápido a la calle. Me molestan sus ojos de palabras retorcidas.
Dejo el periódico y dejo a Gliese 581g abandonados a su suerte sobre el entarimado, a los pies del sofá. Entorno los párpados y me desquito un instante de esas luces atravesadas. Siento un sopor que me arrincona. Fuera, detrás de la ventana, quizá ya sea octubre, un octubre otoñal de un mes cualquiera. Veo deshojarse las páginas del tiempo y me noto apresado bajo mármoles y púrpuras luctuosas. Un ardor en el estómago me avisa.
Cuando despierto, las ágiles manos de Gladys sazonan de nuevo el pescado con una sal blanca cuyo regusto aún me envenena la lengua. La recuerdo en la cocina, cuerpo desnudo bajo el delantal de hule, abriendo sigilosa el frasquito de vidrio y espolvoreando su contenido sobre las plateadas escamas. Sus pechos redondos flotan en el aire.
 También recuerdo las palabras del diario: “Ésta es una de las 100 estrellas más cercanas al Sol y ya se ha hallado un planeta que es probable que tenga una corteza sólida y agua líquida”.
Ya me parece que regreso al principio.
La claridad me resulta inverosímil. Piso, sorprendido, esta extraña tierra de musgos y piedras brillantes. Distingo al fondo un inmenso lago encendido en la cara matinal de este mundo situado a veinte años luz de La Tierra.
 Desde un leve promontorio, y junto a un insólito laurel de hojas acuáticas, una silueta femenina se refleja en la superficie esmeralda de las aguas.


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